En esos días mi vieja me dice: «Pedí la baja en la empresa y dedicate de lleno a lo tuyo». Entonces empecé a trabajar día y noche en lo que siempre había planeado y soñado: La máquina del tiempo.

 

 

-Creo que ya la termino -dijo Vicente, sin levantar la vista y mientras el humo del soldador de estaño formaba nubes espesas.

-Qué bueno, Tano, después de tanto esfuerzo se ve el resultado -afirmó el Bocha, mientras le acercó otro mate a su amigo que seguía concentrado en su trabajo.

La mesa del taller estaba llena de transistores, tornillos, resortes, cables, diodos y transformadores. Los mates iban y venían sin que ambos pronunciaran palabra alguna, hasta que el cebador preguntó:

-Tano, cuánto hace que venís trabajando en este proyecto?

-Díez años, Bocha, diez años. Después de renunciar a la metalúrgica donde entré en lugar de mi viejo, cuando él muere de un infarto. ¿Te acordás?

-Sí, cómo no me voy a acordar!

-Ahí laburé como cinco años, más o menos. Al poco tiempo mi mamá se jubila, ya cobraba la pensión de papá, y coincide que empiezan a mandarle guita desde Italia, la pensión de guerra de su padre.

-Claro, me acuerdo, llegaban carretillas de Liras desde Italia…

-Eh, pará, Bocha, tampoco era tanto, ja, ja. En esos días -agrega Vicente- mi vieja me dice: «Pedí la baja en la empresa y dedicate de lleno a lo tuyo». Entonces empecé a trabajar día y noche en lo que siempre había planeado y soñado: La máquina del tiempo.

El Tano Vicente era argentino, pero sus padres eran italianos. Ellos llegaron al país cuando su padre, supervisor en una metalúrgica europea, es ascendido a Gerente de Producción y trasladado a la sucursal santafesina, en esa provincia nació Vicente. Más tarde, llegan al conurbano cuando el jefe de la familia es designado como Gerente General de la sucursal bonaerense.

-Che, Vicente, el jueves es el cumpleaños de Susy, pero lo hacemos el viernes, viste? Si querés date una vuelta. Vamos a preparar pizzas, siempre hay un buen vinito para tomar, también viene la hermana que está soltera y una prima que se separó hace como…

-Disculpame, Bocha, no te ofendas, pero no quiero distraerme. Como te dije hace un rato, ya casi la termino. No quiero perder tiempo en otras cosas.

-No, Tano, está todo bien. Yo te decía por si querías salir un rato, comer algo rico, y además, las chicas…

Vicente dejó de soldar, giró la cabeza y lo miró fijo a los ojos. Ninguno de los dos dijo nada más.

El Bocha tomó su apodo de su máximo ídolo futbolístico: Ricardo Enrique Bochini. Así como «El Bocha» original, lo suyo era el toque, la gambeta y los lujos. Los creativos, los distintos no necesitan correr, eso es para los simples mortales.

Hizo las inferiores en Arsenal de Sarandí, siempre con la 10 en la espalda, siempre figura del equipo, y fue ahí, en sus inicios, donde lo empezaron a comparar con su ídolo. Sin embargo, cuando llegó a la cuarta división, el DT empezó a pedirle que corriera más, que marcara, que hiciera el esfuerzo y que transpirara la camiseta. Pero lo suyo era la magia, la elegancia. Entonces empezó a alternar la titularidad con el banco y de a poco fue siendo relegado.

Al año siguiente, al pasar a la reserva, había perdido el puesto e hizo banco toda la temporada. También perdió la 10. En esos días, los titulares usaban del 1 al 11 en la espalda y los suplentes del 12 al 16. Los tres o cuatro partidos en los que ingresó en el segundo tiempo, no consiguió hacer diferencia. A fin de año, el club decidió dejarlo libre y así terminó su sueño de debutar en primera y triunfar en el fútbol argentino.

Con la democracia recién parida aquel diciembre de 1983 y el Bocha afuera del verde césped, su padre le plantea que tiene las puertas abiertas para sumarse al plantel de la casa de pastas donde trabajaba toda la familia, incluidos sus tíos y dos primos.

La tarea no era tan difícil: Colocar la mezcla de harina, sémola, huevo en polvo, sal y agua en la amasadora, apretar el botón de encendido y la máquina se encargaba de hacer la masa. La jornada laboral transcurría de lunes a viernes, entre las 8 de la mañana y las 2 de la tarde. El Bocha preparaba cuatro amasijos al día y a veces se retiraba en rato antes del horario establecido. Siempre volvía a la casa en su vieja bicicleta, en realidad, primero pasaba por lo del Tano Vicente para tomar unos mates y verlo construir la máquina del tiempo. Susy se encargaba de la casa y de los chicos.

El Bocha salió del trabajo y se fue para lo de Vicente, con ganas de convencerlo para que vaya el viernes al cumpleaños de Susy. Al llegar, escuchó que lo llamaban.

-Bocha, Bochita -gritó Doña Olga, vecina que siempre estaba al tanto de todo lo que pasaba en el barrio-, Vicente no está en la casa. ¿No sabés lo qué pasó? -No, respondió. -Está internado en el hospital, desde anoche.

-Cómo que está internado? -preguntó, casi cayéndose al bajar de la bici.

-Yo escuché un ruido fuerte, muy fuerte. Salí a ver y noté que la casa de Vicente era la única que estaba a oscuras en toda la cuadra. Entonces me asomé por la ventana del taller -detalló Doña Olga-, y ahí lo vi, tirado en el piso, con sangre en la cabeza y llamé a la ambulancia que milagrosamente llegó en cinco minutos. En el medio del taller había como un lavarropa enorme…

-La máquina del tiempo -agregó el Bocha.

-La máquina de qué? -preguntó la vecina.

-Nada, nada. Algo en lo que el Tano está trabajando. Pero cómo está? ¿Cuando se lo llevaron estaba consciente?

-Sí, Bochita, parece que fue un golpe duro, pero nada grave. Lo llevaron por precaución, para hacerle estudios. A lo mejor le dan el alta esta tarde o mañana -pronosticó Doña Olga, como si fuera doctora.

-Bueno, bueno, entonces voy para allá, para el hospital. Gracias Doña.

Vicente estaba recostado en la cama, con un parche en la frente y la mirada fija en algún punto incierto de la habitación. No se lo veía mal, pero sí algo confundido.

-Hola, Tanito -susurró su amigo-, ¿Cómo estás?

-Bien, Bocha, bien. Algo dolorido, pero bastante mejor. Espero que hoy me den el alta, o más tardar mañana.

-Bueno, bueno, tampoco hay que apurarse. Lo importante es que te vayas en condiciones…

-Me quiero ir ya -se apuró a decir-, no aguanto más estar acá encerrado. Además tengo que terminar la máquina del tiempo antes de que llegue el 2000.

-Pero, cuál es la urgencia? La podés terminar mañana o dentro de dos años y después elegir el día y el lugar al que querés ir, incluso volver a este mismo momento. -Argumentó el Bocha con histrionismo y cierta lógica.

-No, yo no quiero volver a ningún lado, lo que sueño es viajar al futuro. ¿Te acordás que cuando éramos chicos decían que en el 2000 los autos iban a volar?

-Sí, y también decían que los robots estarían viviendo entre nosotros -agregó el Bocha.

-Exacto. Pero hasta ahora no pasó nada. Por eso quiero adelantar unos 25 años, viajar al 2024, más o menos, no sé, y ver si todo eso que decían es posible.

-Uy, a mí me gustaría volver a los setentas y ver al Rojo campeón de América en 1973, 1974, 1975. Era muy pibe para ir y la verdad, en casa no teníamos un mango. En cambio, la final del 84 sí la vi, la vuelta se jugó acá…

-El horario de visitas ha terminado -interrumpió la enfermera-, ya pueden ir retirándose.

-Uy, yo recién llego -agregó el ex futbolista.

-Ese no es problema mío -lo cortó la enfermera-, si quiere más tiempo, mañana venga más temprano.

-Ok, mañana estoy acá a las 7 en punto de la mañana -aseguró el Bocha, guiñándole un ojo a su amigo convaleciente.

La tarde era calurosa, pero no agobiante. En el patio, los chicos chapoteaban en la pileta de lona. Susy, al ver llegar a su marido, encendió la hornalla y volvió a poner la pava.

-¿Qué pasó, querido, siempre te escapás temprano del trabajo y hoy llegaste más tarde que nunca?

-No, Susy, pasé por lo de Vicente y la vecina, esa vieja que sabe todos los chismes del barrio, la tal Doña Olga, me contó que estaba internado y me fui para allá, para el hospital.

-¿Cómo que Vicente está internado, qué le pasó?

-Estaba probando la máquina del tiempo, parece que algo falló y se dio un golpazo bárbaro -detalló el Bocha-. Pero está bien, a lo mejor mañana le dan el alta.

-¿Cómo que está fabricando una máquina del tiempo? Yo pensaba que Vicente se dedicaba a arreglar radios, televisores, lavarropas…

-Sí, es un genio el Tano, todo lo que le das, él lo arregla. Pero además, hace como diez años, está trabajando en una máquina para viajar al futuro, ya la tiene casi lista. Hoy me dijo en el hospital que cuando le den el alta, por las dudas, va a comprar un casco y cinturones de seguridad, como los de los pilotos de Fórmula 1, para evitar golpearse como le pasó esta vez.

A la mañana siguiente, el Bocha se despertó ocho menos cuarto y no pudo estar a las siete en punto en el hospital, como le había prometido a la enfermera. Podía darse el lujo de salir temprano de la fábrica, pero siempre tenía que llegar en horario. Si él no preparaba la masa, nadie trabajaba. Por eso, al llegar empezó con la mezcla habitual: harina, sémola, sal… encendió la amasadora y, como todos los días, hizo lo suyo para que los demás pudieran producir la pasta. Tarea cumplida.

Al llegar al hospital, la enfermera le informó que el paciente Vicente Angel Risculese recibió el alta médica a las 10:37 hs. y se había retirado por sus propios medios.

El Bocha agradeció la información y salió en su bicicleta para la casa de Vicente. Tocó timbre y no tuvo respuesta. Se asomó por la ventana del taller, gritando: «Tano, Tanoooooo!». Tampoco tuvo respuesta. «Seguro fue a comprar el casco, los cinturones de seguridad y algún elemento que le faltaba», pensó.

Al día siguiente, volvió a pasar por el domicilio de su amigo, pero tampoco obtuvo respuesta. Pasaron dos, tres, cuatro días, pasó el cumpleaños de Susy, pasó la nefasta década menemista y pasó la primavera. Unos días antes de la Navidad, el Bocha se dio por vencido y terminó reconociendo que Vicente por fin había logrado terminar la máquina del tiempo y ya estaba viviendo en el futuro.

-Para mí se fue a Santa Fe -arriesgó Susy-, al pueblo donde nació.

-No, si ahí no tiene a nadie. Sus padres eran italianos y el nació en Santa Fe de casualidad. No tiene hermanos, primos ni tíos. Incluso acá, solo nos tiene a nosotros, sus amigos y vecinos. Además, el Tano no es muy de socializar que digamos, si no vamos a visitarlo, él no sale mucho. Solamemte deja la casa si tiene que hacer un trámite o alguna compra, y eso se agravó más desde hace dos o tres años, cuando murió su madre -agregó el ex futbolista con una leve sonrisa y algo de melancolía.

Tras ello, se hizo un silencio que duró algunos minutos. Él leía, o parecía leer, el suplemento deportivo mientras ella probaba el tuco con un trozo de pan.

-¿Qué vamos a hacer el 24 y el 31? -preguntó el Bocha dejando el diario sobre la mesita del televisor.

-Qué sé yo, ni idea, después lo vemos. Por ahora andá llamando a los chicos -indicó Susy, mientras sacaba el queso de rallar de la heladera- y ayudame a poner la mesa que ya están listos los ravioles.

 

Marcelo Rivero