La Guerra de Malvinas comenzó el 2 de abril de 1982 en un contexto de crisis económica severa en Argentina, caracterizada por un alto nivel de inflación y un déficit fiscal significativo. En los días previos al conflicto, el país ya enfrentaba un déficit estimado en $19,3 billones, mientras que la inflación anual alcanzaba un alarmante 209,7% en los precios al consumidor.
La situación económica se deterioró aún más con el inicio de la guerra, que aceleró la caída de reservas y el aumento del gasto público. En 1982, los precios al consumidor sufrieron un incremento del 256,2%, y los precios mayoristas un 311,3%, lo que evidenció el descontrol de la economía argentina. La actividad industrial también se vio gravemente afectada, con descensos significativos en la producción metalúrgica y de maquinaria.
La Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina (AIMRA) reportó caídas drásticas en los despachos de maquinaria, motores y bienes de consumo durables. Este colapso industrial siguió a un retroceso del 16% en 1981, lo que contribuyó a la agudización de la crisis económica durante la dictadura.